lunes, 16 de enero de 2017

La prosa en el siglo XVI. Ejemplos

Introducción: el concepto de Renacimiento
Cambios sociales en el siglo XVI
Desde mediados del siglo XV hasta finales del XVI, Europa conoce un largo periodo de crecimiento. Es el tránsito de la Edad Media a los tiempos modernos. En la Edad Media encontramos a un individuo inserto en solidaridades colectivas, feudales y comunitarias. En la Edad Moderna se va a producir una evolución de las mentalidades, en particular en la idea que las personas van a tener de sí mismas y de su papel en la vida diaria de la sociedad.
El individuo se afana por adquirir, defender o acrecentar su papel en la sociedad hasta tal punto que ya no se es lo que se es, sino lo que se aparenta ser […]. La meta a la que aspiran los grupos venidos de las capas inferiores es integrarse en la nobleza como la conservación del éxito social.
Existe una cierta movilidad social que permite a un burgués ascender a la categoría de hidalgo o caballero, emparentando con familias nobles o entrando al servicio de la aristocracia. La compra de oficios municipales, la adquisición de juros, la compra de títulos nobiliarios a través de señoríos, desencadenará en la sociedad un afán de distinción y de participar en la honra nobiliaria, que aumentará exageradamente el número de hidalgos en la segunda mitad del siglo XVI y polarizará una sociedad de ricos y pobres disminuyendo notablemente la clase media.
                                                        Bartolomé Arraiga, Felipe II. Un monarca y una época
*      Busca en el diccionario el término honra y relaciónalo con la frase del texto en la que se afirma: El individuo se afana por adquirir, defender o acrecentar su papel en la sociedad hasta tal punto que ya no se es lo que se es, sino lo que se aparenta ser.
La prosa idealista en el Renacimiento
Texto I: novela morisca. La historia del Abencerraje y de la hermosa Jarifa
Argumento: el alcaide cristiano de Álora, Rodrigo de Narváez, sale una noche de la fortaleza a patrullar con sus escuderos y capturan un prisionero: el Abencerraje, que va en buscar a su amada. Rodrigo de Narváez lo deja marchar tras hacerle prometer que volverá pasados tres días para ser su prisionero. El moro acepta, agradecido, y cumple su promesa, acompañado de Jarifa, su amada, con quien se ha casado a pesar de la oposición de su padre. Al comprobar su honradez, don Rodrígo accede a escribir al Rey de Granada para que este convenza al padre de Jarifa de que les perdone, y al fin los dos enamorados pueden retornar a su tierra natal.
Compuesta entre 1550 y 1560, es una conmovedora novela de amor y un canto a la convivencia entre la cultura musulmana y cristiana.

-Abindarráez, quiero que veas que puede más mi virtud que tu ruin fortuna. Si tú  me prometes como caballero de volver a mi prisión dentro del tercero día, yo te daré libertad para que sigas tu camino, porque me pesaría de atajarte tan buena empresa.
El moro, cuando lo oyó, se quiso de contento de echar a sus pies y le dijo:
-Rodrigo de Narváez, si vos eso hacéis, habréis hecho la mayor gentileza de corazón que nunca hombre hizo, y a mí me daréis vida. Y para lo que pedís, tomad de mí la seguridad que quisierais, que yo lo cumpliré.
El alcalde llamó a sus escuderos y les dijo:
-Señores, fiad de mí este prisionero, que yo salgo fiador de su rescate.
                                 La historia del Abencerraje y de la hermosa Jarifa
*En este texto, el capitán cristiano Rodrigo de Narváez deja en libertad al caballero moro Abindarráez para que éste pueda casarse con la bella Jarifa. ¿En qué se basa Narváez para pensar que, tras dejar en libertad al joven árabe, éste regresará a la cárcel por propia voluntad? ¿Qué ideal ético y social representa esta actitud?

Texto II: la novela de caballerías. El Amadís de Gaula
Argumento: tras una introducción en la que se afirma que fue encontrado en un arcón enterrado, se inicia con el relato de los amores furtivos del rey Perión de Gaula y de la princesa Elisena de Bretaña, que dieron lugar al nacimiento de un niño abandonado en una barca. El niño es criado por el caballero Gandales e indaga sobre su origen en medio de fantásticas aventuras, protegido por la hechicera Urganda la Desconocida, así llamada porque nunca se presenta con la misma cara ni con el mismo aspecto, y perseguido por el mago Arcaláus el encantador. Atraviesa el arco hechizado de los leales amadores en medio de la Ínsula firme, vence al terrible monstruo Endriago, donde conoce a su hermano Galaor, y atraviesa por todo tipo de peligrosas aventuras, por amor de su amada Oriana, hija del rey Lisuarte de la Gran Bretaña.
La obra original (antes de las modificaciones incluidas por Montalvo) acaba trágicamente, como todas las obras del llamado Ciclo Artúrico. El original (reconstruido) acaba como sigue: Lisuarte, mal aconsejado por avariciosos consejeros, echa de su lado a Amadís, lo reta e intenta casar a Oriana con un enemigo del héroe. Oriana es rescatada por Amadís y llevada a la Insula Firme por este. Lisuarte le declara la guerra a Amadís acompañado por Galaor (envidioso de Amadís) y Esplandián (a quien Lisuarte ha criado sin saber que es su nieto). Tras varias batallas Galaor reta a Amadís y este lo mata. Lisuarte reta y Amadís también lo mata. Un tercer reto enfrentará a Amadís y a Esplandián, matando este último a Amadís. Oriana, que observa la batalla desde una ventana, al ver la muerte de Amadís se lanza al suelo y muere. Urganda aparece y revela la verdad sobre sus padres a Esplandián.
La versión de Montalvo modifica sobre todo este final, haciéndole durar todo el libro cuarto. El final de los personajes es distinto.

Se acometieron a todo el correr de los caballos. Quebraron las lanzas, y los caballos se juntaron con tanta violencia, que los dos caballeros cayeron al suelo, y todos creyeron que habían muerto. Tenían trozos de lanza metidos por los escudos y hasta por las carnes. Mas como ambos eran ligeros y vivos de corazón, se levantaron en seguida, se arrancaron el hierro de la lanza, y echando mano a la espada fueron uno contra el otro. La lucha parecía desigual, porque el rey Abies llevaba un palmo de estatura y sus brazos parecían de gigante. Los golpes de espada eran tan vivos y repetidos, que parecía que luchaban veinte caballeros.
                                                                                           Amadís de Gaula
*      Lee el texto. A partir de los verbos de acción y movimiento que emplea el autor, explica si tiene ritmo narrativo lento o rápido.

[…] Poco después salió el gigante en su caballo. Parecía tan descomunal, que no había hombre que osase a mirarle. Unas hojas enormes de hierro le cubrían desde la garaganta hasta la silla. Llevaba un gran yelmo de color claro, y en la mano una gran maza de hierro […]. El gigante se lanzó contra él y parecía que avanzaba una torre. Galaor […] le dio con la espada en el brazo y se lo cortó hasta el hombro […]. El gigante se desplomó, y Galaor le cortó la cabeza.
                                                                                           Amadís de Gaula
*      Señala los elementos fantásticos del texto.
*      Este tipo de escenas, ¿te recuerdan algún tipo de película?


Texto III: la novela pastoril. La Arcadia
Argumento: la Arcadia es un prosimetro –mezcla de verso y prosa- pastoril de Jacopo Sannazaro, escrito a partir de 1480 y publicado en 1504 en Nápoles después de haber circulado en forma de manuscrito.  Narra las vivencias de Sincero, un pastor bajo cuya ropa se esconde el poeta, que a causa de una desilusión amorosa y política se aleja de la ciudad para vivir en una idealizada Arcadia –mítica región de Grecia- entre pastores poetas como los de los Idilios de Teócrito. Pero un sueño terrorífico, alegoría de la caída de Nápoles bajo Carlos VIII en 1498, lo induce a regresar a Nápoles atravesando las grutas cercanas a la ciudad para llegar a conocer la muerte de su amada.
En la cumbre del Partenio, no humilde monte de la pastoril Arcadia, yace un delicioso llano, de no muy delimitada extensión, ya que la situación del lugar no lo consiente, pero tan colmado de menuda y verdísima hierba, que si las lascivas ovejas con sus ávidos mordiscos allí no pastaran, se podría en cualquier tiempo encontrar verdor. Donde, si no me engaño, hay de doce a quince árboles de una belleza tan extraña y desmedida, que cualquiera que los viese, juzgaría que la maestra natura se hubiese esmerado allí en formarlos, con sumo deleite. Estos árboles, algo distanciados unos de otros, y no dispuestos en orden artificioso, ennoblecen sobremanera con su raleza la belleza del lugar. Allí, sin nudo alguno, se puede ver el derechísimo abeto, nacido para resistir los peligros del mar; y la robusta encina, de ramas más abiertas; y el alto fresno y el delicioso plátano allí se despliegan con sus sobras, ocupando una buena parte del bello y abundante prado. […] 
Esta plantas no son tan descorteses como para impedir totalmente con sus sombras que los rayos del sol penetren en el delicioso bosque, sino que por varias partes tan graciosamente los reciben, que es rara la hierba que por aquellos no tenga grandísima recreación; y así como siempre agradable morada allí se encuentra, ésta es en la florida primavera más placentera que en el resto del año. En este lugar tan agraciado suelen a menudo reunirse los pastores que conducen sus rebaños desde los cercanos montes, y aquí se ejercitan en varias y no fáciles pruebas, tales como lanzar el pesado tronco, disparar con los arcos al blanco, o adiestrarse en los ágiles saltos y en las fuertes luchas, llenas de rústicos engaños; y casi siempre en cantar y en tocar las zampoñas, compitiendo los unos con otros, no sin aprecio y alabanza del vencedor. En una ocasión entre otras, habiéndose reunido allí todos los pastores vecinos, y cada cual buscando distintas maneras de solazarse, a una maravillosa diversión se entregaban. Ergasto, bajo un árbol, sin nada que decir o hacer, yacía olvidado de sí mismo y de sus rebaños, como si una piedra o un tronco fuese, bien que antes solía ser más amable y gentil que los otros pastores.

                                                                                Jacopo Sannzzaro, Arcadia    

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