PRÁCTICAS
DE EXAMEN. Texto para comentario. Cela
Se admite como un hecho
probado el que la gente, no sólo en España sino en el mundo entero, lee menos
cada día que pasa y, cuando lo hace, lo hace mal y sin demasiado deleite ni
aprovechamiento. Es probable que sean varias y muy complejas las causas de esta
situación no buena para nadie y se me antoja demasiado elemental e ingenuo el
echarle la culpa, toda la culpa, a la televisión. Yo creo que esto no es así
porque los aficionados a la televisión, antes, cuando aún no estaba inventada,
tampoco leían sino que mataban el tiempo que les quedaba libre, que era mucho,
jugando a las cartas o al dominó o discutiendo en la tertulia del café de todo
lo humano y gran parte de lo divino. La televisión incluso puede animar al
espectador a que pruebe a leer; bastaría con que se ofreciese algún programa
capaz de interesar a la gente por alguna de las muchas cuestiones que tiene
planteado el pensamiento, en lugar de probar a anestesiarla o a entontecerla.
Los gobiernos, con manifiesta abdicación de sus funciones, agradecen y aplauden
y premian el que la masa se entontezca aplicadamente para así poder manejarla
con mayor facilidad: por eso le merman y desvirtúan el lenguaje con el mal
ejemplo de los discursos políticos; le fomentan el gusto por las inútiles y
engañadoras manifestaciones y los ripios de los eslóganes; le aficionan a la
música estridente, a los concursos millonarios y a las loterías; le animan a
gastar el dinero y a no ahorrar; le cantan las excelencias del Estado benéfico
y providencial; le consienten el uso de la droga asegurándole el amparo en la
caída, y le sirven una televisión que le borra cualquier capacidad de
discernimiento. El hábito de la lectura entre los ciudadanos no es cómodo para
el gobernante porque, en cuanto razonan, se resisten a dejarse manejar.
A mí me reconfortaría
poder pregonar a los cuatro vientos la idea de Descartes de que la lectura de
los grandes libros nos lleva a conversar con los mejores hombres de los siglos
pasados, y la otra idea, esta de Montesquieu y más doméstica, pero no menos
cierta, de que el amor por la lectura lleva al cambio de las horas aburridas
por las deleitosas. La afición a la lectura no es difícil de sembrar entre el
paisanaje; bastaría con servirle, a precios asequibles, buenas ediciones de
buena literatura, que en España la hubo en abundancia. Este menester incumbiría
al Estado, claro es, pero no necesariamente a través de cualquier angosto y
poco flexible organismo oficial, sino pactando las campañas con las editoriales
privadas. La culpa de que se haya perdido en proporciones ya preocupantes el
hábito de la lectura y no sólo en España, repito, es culpa de los gobernantes
del mundo entero, con frecuencia y salvo excepciones reclutados entre
advenedizos, picarillos y funcionarios. Echarle la culpa del desastre a la
televisión es demasiado cómodo, sí, pero no es cierto.
Camilo José Cela, Diario ABC
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